Blog de relatos

Bienvenidos a la página web del escritor David Generoso. Aquí encontrarás técnicas para escribir relatos cortos, cuentos, microcuentos y mucho humor.
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En ese preciso instante comprendió Dios que cada acontecimiento debía ocurrir a su tiempo. Me gustan todas tus horas, pero te prefiero a las Es entonces cuando abres los ojos y me miras como si el mundo empezara de nuevo. Relatos sobre parejas. El domador hace desaparecer al león mientras realiza malabarismos con él sentado sobre un trapecio.

Datos personales

Relatos extraños. En el principio. Gracias a la hipnosis llegó a conocer algunos detalles de sus vidas anteriores. Con mucha paciencia atravesó los siglos de manera inversa a su curso habitual, hasta lograr recordar la incomodidad de aquella maldita hoja de parra y explicar su total aversión a cualquier tipo de manzana.


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  5. Relatos sobre historias conocidas. El pasado y el futuro desaparecieron en ese instante y, desde entonces, ellos simplemente son. Por eso, y no por vanidad, se maquillaba tanto: Se ruega silencio. Con el dinero que sacaba, Oliver iba llenando una pequeña hucha que le había regalado su tio frank por su santo. Cuando llegó a la tienda, el viejo señor Sullivan estaba realizando los pedidos del día anterior para ser repartidos por Oliver.

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    Después de dar los buenos días, Oliver cogió una escoba y se dispuso a barrer la tienda mientras su jefe acababa los pedidos. Cuando hubo terminado de barrer, el señor Sullivan le llamó con la mano para que se acercara. Oliver depositó las bolsas con comestibles en su vieja bicicleta heredada de su primo Rober, el cual la heredó a su vez de su hermano Cristian. La pobre bicicleta estaba tan vieja que cada pedalada de Oliver le hacía temblar los gemelos de agotamiento, eso sin contar el contínuo chirrido que producía.

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    Todo esto pensó Oliver, se acabaría cuando tuviese su flamante bicileta roja. Colorado como un tomate, llegó a la casa de la gruñona señora Eleanor, que siempre refunfuñando acerca de lo tarde que llegaba, lo caro de la compra y el sofocante calor que asolaba el pueblo, logró salir de allí, no sin antes llevarse uno de los acostumbrados pescozones, con los que siempre le despedía la señora Sullivan. De vuelta en su ajada bici, saboreó lo que sería conducir a toda velocidad con su nueva bici sin hacer esfuerzo alguno. La casa del doctor Smith hacía las veces de vivienda y consultorio, asi que no era de extrañar que siempre hubiese alguién en casa del buen doctor.

    El viejo doctor, llevaba en el pueblo toda su vida y había traido al mundo a la mayoría de sus habitantes.

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    Temblando por la reprimenda que se llevaría del señor Sullivan, Oliver reemprendió el camino de vuelta a toda velocidad haber si con un poco de suerte, el señor Sullivan no se había dado cuenta de la bolsa allí olvidada. LLegó a la tienda sudoroso y dolorido por el sobreesfuerzo realizado, pero expectante por comprobar si estaba el pedido a la entrada de la tienda. Su decepción se hizo patente cuando comprobó que en la calle, la bolsa no estaba.

    Con el rabillo del ojo, observó que dentro de la tienda no se veía movimiento alguno y resuelto a llevarse una reprimenda bien merecida por otro lado, empujó la puerta de entrada a la tienda. Lo primero que notó Oliver fue un fuerte olor a quemado lo que le hizo ponerse en alerta ante cualquier fuego existente. Mirando a su alrededor observó que todo estaba tal y como lo dejó minutos antes, no había fuego alguno ni rastro de que lo hubiese habido, porque nada aparecía quemado, sin embargo, el fuerte olor a algo quemado persistía.

    Con una apenas audible voz, comenzó a llamar al señor Sullivan, sin obtener respuesta alguna. Al traspasar el umbral de la puerta, sus robustas piernas de ciclista se vinieron abajo y una fuerte arcada vació su estómago a sus pies.

    Soy ciega desde que tengo uso de razón y aunque no recuerdo el color del cielo ni la luz del sol, mi hermano dice que hubo un tiempo en que fuí capaz de verlo. Ahora con veinte años, he logrado desenvolverme entre las sombras que rodean mi vida y me he adaptado a la oscuridad que me envuelve. Todo esto podría cambiar de un momento a otro, pues la llamada telefónica que acababa de recibir hacia apenas unas horas, me citaba en el hospital para el día siguiente para realizarme el preoperatorio y mi posterior operación de ojos.

    Hacía un año y medio que estaba en la lista de espera, pendiente de una operación de córneas que diera luz a mi vida. Llegado el momento, me sentía abrumada por el paso que iba a dar, un paso que iba a cambiar mi vida para siempre. Un suave beso en la mejilla formó parte de la despedida de mi hermano, un hermano al que no conocía salvo por el tacto de mis manos.

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    Relatos sin contrato

    Una semana mas tarde me encontraba de nuevo frente a un nuevo reto, el de liberarme de las vendas que ocultaban mis nuevos ojos y someterme al reencuentro de un mundo ya olvidado. Los días pasaron volando abriendo un mundo de sensaciones nuevas, todo era perfecto hasta aquel primer día en que todo cambió. Poco a poco me fuí quedando sin fuerzas y cuando creí que ya había llegado mi final, de repente llegó hasta mí la voz inconfundible del presentador de la televisión dando el parte meteorológico.

    A la semana de esta aterradora experiencia, metida en la bañera y dispuesta a darme un merecido y relajante baño, de pronto me ví sumergida por unas enormes manos que aferradas a mi cuello me envolvían a estrangular. A través del agua volví a ver a ese hombre enmascarado que tanto se esforzaba en ahogarme, patalee y forcejee todo lo que pude pero sólo llegué a fijarme en un pequeño tatuaje en forma de escorpión que levaba en el antebrazo.

    El chico de los relatos

    De nuevo, cuando ya lo daba todo por perdido la presión sobre mi cuello desapareció y allí sólo quedé yo, vomitando agua sin cesar. Mientras me peinaba mis rubios cabellos, de pronto el espejo me devolvió la imagen de otra mujer de pelo negro y tez morena; el peine se cayó de mis manos y lo seguí con la mirada. Al volver a mirar al espejo, la imagen que ahora estaba allí era la mia. Llegué a su consulta en diez minutos y Tina su secretaria me dijo que esperara en la salita hasta que terminara con el paciente que tenía Laura.

    Cogí el periódico y dejé la consulta sin decir adiós. Dentro del coche dí vueltas sin saber adónde ir o qué hacer. Al pasar frente a una comisaría de policia, instintivamente pisé el freno. Allí sentada frente a él, le conté todo lo que me había pasado a riesgo de parecer una loca. Se notaba que se deshacía de mí con mucha educación. El sonido del teléfono aceleró mi pulso, descolgé y escuché una voz vagamente familiar. Tuve que sentarme para no caerme y aferrar con fuerza el teléfono, la voz al otro lado de la línea parecía lejana.

    El monótono zumbido del despertador anunció a Cristina que era la hora de levantarse y preparar el desayuno para su hijo Luis. Tranquilamente se desperezó y se dirigió al cuarto de baño. Eso mismo había pasado esa noche, sin saber cómo ni por qué, los dos acabaron diciéndose cosas que no sentían y todo acabó cuando su hijo dando un portazo a la puerta, salió a la calle dejando tras él, una extraña sensación de vacio en Cristina. El ruido de la puerta de la calle, la sacó de sus pensamientos.

    Se asomó a través de la puerta de la cocina y vio a su hijo Luis con la misma ropa del día anterior, medio despeinado y con mala cara. Iba a seguirle cuando el sonido del timbre la hizo dirigirse a la puerta y abrirla. Se quedó un poco azorada cuando vio a dos policias uniformados con cara de circunstancias. Tuvo que agarrarse al marco de la puerta cuando éstos con voz temblorosa, le comunicaron que su hijo Luis había muerto esa noche mientras conducía a toda velocidad por la ciudad.

    Casi a gatas, subió las escaleras camino de la habitación de Luis, asió el pomo, lo giró y abrió la puerta. Allí no había nadie, sólo se oía el sonido entrecortado de su jadeante respiración. Tengo miedo. El sol empieza a ocultarse y con él se van mis esperanzas de poder salvarme. Todo empezó hace dos meses. Yo estaba como cada noche, tomando un relajante baño de espuma. El agua caliente calmaba el lacerante dolor de mis pies; diez horas sirviendo mesas acababa con la circulación de cualquiera.

    El peso, otra vez ese peso sobre mí, alguien que abusaba de mi cuerpo una y otra vez sin miramientos, alguién que me hacía daño para su puro placer y yo entre la locura y la lucidez, no sabiendo qué hacer ni cómo parar aquello.

    Estoy sola y sin posibilidad de ayuda, he rebasado la frontera entre la razón y la locura. No sé cuando empezó todo esto. La casa en sí era bastante normal durante el día, pero al caer la noche, suceden cosas extrañas dentro de ella. Llamé a mi mujer, pues lo primero que pensé, fue que había conectado el aire acondicionado, aunque claro, en pleno noviembre era algo impensable.

    Su voz amortiguada por los sonidos del televisor me llegó con una clara y rotunda negación. Cual fue mi sorpresa al descubrir que en dicha estancia, la temperatura era normal y no había variado ni un solo grado. Sin encontrar explicación alguna, opté por irme a la cama y dejar correr el incidente. Pero varios días después, cuando iba a coger las llaves del coche para irme a trabajar, no dí con ellas y eso que siempre las dejo en el mismo lugar, en el primer cajón del aparador que tenemos a la entrada.

    Enojado por creer que María las había cogido, cosa que nunca hacía porque ella odiaba mi coche por ser demasiado grande y prefería su utilitario; cogí las de repuesto y al coger mi maletín que había dejado en la cocina, las ví, estaban allí, colgadas del ganchito en el que María ponía el paño de cocina. Mi malhumor aumentó por creer que María esta vez se había pasado con la bromita. Esa noche me juró y perjuró que ella no había sido y dimos por zanjado el tema.

    A partir de ese día, los cambios de lugar de los objetos no pararon de producirse, lo que hizo empeorar la convivencia entre María y yo. Las bajadas de temperatura eran constantes y el televisor hacía semanas que cambiaba de canal él solo.